lunes, 21 de julio de 2014

Me quedé sonriendo al perro
que de mis días se gastaba.
La calle mojada
la niebla creciente
Sus dichas eran otras
correr tras el rasante lucir rojo de los autos
Lo dejaron sin ladrido
y sin cola
Acurruqué mis manos en deliciosas caricias
abrazando lo que era un pelaje otrora
La carne marchita
con la que los dioses juegan a moldear sus criaturas
Abracé entonces una vidriera
de espejos sin forma que rugían
ladraban
y proyectaban un animal
envuelto en penumbras
y otro que al fin, siendo abrazado,
moría en paz
La mañana se habría llevado
las luces
los autos
la lluvia
y la niebla ocultaría las vergüenzas al mundo
del polvo en las manos
y un perro que vaga ahora
a una ciudad sin luces
ni autos
ni abrazos.

creí que estaba quieto y empecé a bailar si todo es un momento en este cuento yo no me quedo quieto nunca más creí que estaba muerto y ...